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viernes, abril 9

El secreto de la habitación del orejero

La casa de mi abuela era una casa antigua de techos altos y papel ornamental en las paredes. Las lámparas eran de farolillos o de bombillas imitando pequeños cirios. Era una casa enorme de tres plantas.

La segunda planta estaba destinada a guardar los trastos viejos, los libros del cole de cuando mi padre era pequeño, algo de ropa, muebles viejos y todo tipo de enseres inservibles ya por el tiempo. Vamos, que era una especie de desván.
La primera planta era la planta donde se ubicaban los dormitorios, el baño, la sala de estar, el comedor, un pasillo repleto de retratos familiares, un perchero de pared muy original de color dorado al lado de la escalera de acceso y un colgador de llaves recuerdo de su viaje de novios a Valencia con la foto de una fallera pintada con anilinas.

La planta baja era mi favorita. Al fondo estaba la cocina y la habitación del servicio. Luego una especie de recibidor/distribuidor donde comenzaba la escalera de acceso a las plantas superiores y en la parte de la entrada, la puerta roja con la aldaba dorada en forma de mano de señora, con pulsera incluida, y, también, una ventana que daba a la habitación del orejero floreado.

A esa habitación se entraba por el distribuidor. Desde dentro se podía ver la calle a través de los visillos del ventanal. Mi abuela nunca los descorría porque decía que la veían desde la calle, pero yo sé que cuando se sentaba en el orejero, dejaba el visillo un poco entreabierto para controlar a las vecinas de la calle.
Solía coser y hacer punto en su orejero. La verdad es que entraba siempre mucha luz. Recuerdo el día que me senté por primera vez en ese sillón. Me daba la luz del sol en los pies, que me colgaban, y me quedé dormida.
Era mi habitación favorita de la casa. Allí solía pintar mis dibujos, hacer los deberes después del cole, comerme la 'rua' de aceite y azúcar y leer mis cuentos de príncipes y princesas encantadas.

No me di cuenta del secreto que guardaba aquella habitación hasta que tuve 12 años. Era primavera y mis padres se habían ido a Valencia con el Seiscientos a comprar una flauta con mi hermana. Me hicieron quedarme con mi abuela porque tenía algo de fiebre y no había pasado buena noche. Mi abuela quería que nos quedáramos en la sala de estar de la primera planta, pero yo no quería y le insistí hasta que conseguí que la chica del servicio bajara un colchón pequeño a la habitación del orejero.

Una vez tumbada y tapadita hasta los ojos, los cerré, mi abuela se sentó en el orejero y le pedí que me leyera uno de mis cuentos, auqnue ya estuviera crecidita para ellos. No me dijo que no, pero vi como cogía el cuento de La Cenicienta con pavor, lo abrió y me dijo que no podía leérmelo porque no tenía las gafas para ver de cerca allí en ese momento.
Como si me hubieran dado un pichazo en los ojos los abrí mirándola fijamente sin que ella me viera. Mi abuela no usaba gafas para ver de cerca. Mil imágenes me vinieron de golpe a la cabeza y en todas ellas, ella nunca salía leyendo nada, ni un pamfleto. Ahora entendía porque cuando íbamos a comprar movía los botes de tomate, para saber si eran tomates enteros o triturados. Comprendí que mi abuela era analfabeta, pero no me atreví a decirle nada.

Y nunca le pregunté el motivo. Nunca. Con los años supe porqué. Vivió toda su vida sin saber leer, ni escribir y tuvo una buena vida. Con eso le bastaba.

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