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miércoles, diciembre 22

Una agenda en el tren

Era martes por la mañana. Mi tren iba con retraso y hacía mucho frío en el andén. Todos los días solía encontrarme con la misma gente y yo que soy muy observadora y que tengo una imaginación inagotable, jugaba a intuir cómo habría sido la noche anterior en sus casas, qué tal habrían dormido, si tenían o no pareja o si se levantarían muy temprano o muy tarde dependiendo de cómo iban vestidos ellos y maquilladas ellas.


Pues sí, todos los días solíamos ser los mismos allí apiñados frente a una línea amarilla que decía 'mind the gap'. Todos queríamos coger asiento y sobre todo al lado de alguien tranquilo que nos dejara leer o escuchar música.

Recuerdo que ese martes había olvidado mi iPod en casa y no llevaba más que la prensa gratuita de la entrada de la estación como distracción y, la verdad, las noticias no me resultaban nada atractivas a esas horas....Prefería música, pero no había, así que me dediqué a observar de nuevo a la gente de mi vagón. Frente a mí estaba la señora mayor de la flor en la solapa. Era una mujer de mediana edad que tenía pinta de desempeñar algún tipo de trabajo social. Lo digo por su buena cara cada día, sus broches a modo de flores en vivos colores que combinaba según el abrigo y porque además yo mando en mi imaginación y éso el lo que me hubiera gustado que hiciera.
A la derecha, la niña pequeña de la mochila rosa con las ruedas más ruidosas que os podáis imaginar. Era horroroso oírla llegar cada mañana, pero parecía buena niña y solía portarse muy bien una vez quietita en su asiento. A mi izquierda, el estudiante de universidad. Lo supe por los libros que leía sobre álgebra, que me llamaron la atención y porque un día sin más me lo contó (qué le voy a hacer si parece que tengo cara de atención al público).

Así que ese día estábamos todos los de siempre......¿o no? ¿Quién era aquel chico que estaba sentado detrás de la mujer de la flor en la solapa? No lo había visto nunca. La curiosidad me invadió el cuerpo y la idea de verle la cara, aunque sólo fuera de perfil, se me apoderó por completo. Piensa, piensa me decía mí misma. ¿Qué podía hacer? Mientras pensaba en alguna ocurrencia, el tren llegó a su primera parada y vi que él se levantaba, comenzaba a darse la vuelta hacia el lado de la puerta y cuando por fin iba a ver su rostro, se le cayó el maletín y con un movimiento rápido lo recogió y salió del tren de un salto.
Sólo pude verle un lado de su rostro, pero me pareció atractivo. Cabizbaja como me quedé por no haber podido completar mi curiosidad, posé la mirada hacia su asiento y vi que había algo pequeño. Era una agenda. ¡Oh, gracias hadas de los trenes!

Me levanté y la cogí y entonces pensé que no debía abrirla y que lo civilizado era dejarla en el punto de información de mi parada para que lo localizaran y se la devolvieran, pero ¿y si no estaba su nombre, ni su dirección, ni su teléfono? Había que averiguarlo.

Volví a mi asiento y me la metí en el bolso. Al llegar al trabajo, la saqué como si aquello fuera uno de los incunables más valiosos del mundo y comencé a leerlo.

Era un diario. Era su diario. De repente me invadió una especie de sensatez y cuando iba a cerrarlo, vi que en un día de la semana anterior hablaba sobre una chica del tren en quien se había fijado. ¡Era yo! ¡Hablaba de mí! ¡Aquello era la repera! Estaba en mi trabajo, leyendo las opiniones que un desconocido tenía sobre mí y decía que le parecía guapa y que le transmitía alegría allí sentada cada día en el tren cerca de él. ¿Cómo es que nunca me había dado cuenta de su presencia?

Poco más decía, no seáis malpensados. Eso tengo que aclararlo, pero una ola de emoción invadió todo mi ser dejándome tonta para todo el día.

A la mañana siguiente lo busqué en el andén y no le vi. Y así día tras día durante semanas, hasta que un buen día lo vi amarrado a su maletín y a un café del Starbucks. Tal como le vi, comencé a acercarme a él y cuando estaba a un metro, se me quedó mirando inquieto, saqué su diario, se lo mostré y su rostro se tornó del color más rojo que os podáis imaginar. Le cayó el café, se puso a balbucear, no sabía que hacer. Entones, cuando se quedó inmovil de nuevo, se lo puse en la mano, me acerqué a su oído y le susurré "tranquilo, el próximo café lo pago yo".

Moraleja: Hay que mirar más a nuestro alrededor, sino se nos pueden escapar los trenes de la vida.

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